Mi relación con la poesía siempre ha sido de amor-odio. La he disfrutado mucho cuando encajaba con mis gustos y momento personal. Quizá Bécquer, a pesar de que algunos lo acusan de ñoño, siempre será mi poeta favorito. También aprendí a disfrutar cuando Baudelaire ensalzaba a una carroña, o la oscuridad y las fantasías en verso de Poe o incluso de Robert E. Howard. A riesgo de mostrar mi escasa humildad, creo que mi estilo como escritor bebe de las figuras retóricas y de la lírica, aunque en pequeñas dosis. Me encanta usar metáforas y desordenar un poco todo a ver qué pasa y cómo suena. Hacer que el ritmo mute.
Cuando vi que en este curso había una lección dedicada al uso de metáforas, entré con ganas. Pero como he dicho antes, a veces ha habido un poco de odio. No pocas veces me he encontrado con presuntos escritores cuyo mayor rasgo literario ha sido la pedantería bajo la excusa de que la poesía solo debe conmover o emocionar y ya está, ajenos a toda crítica o valoración. Esto es algo que también se da en la narrativa, pero tengo la sensación de que en la poesía abundan más y son más vehementes en su defensa de lo indefendible.
Cuando analizo narrativa tengo claro que hay criterios subjetivos que no se pueden analizar desde la imparcialidad. También hay criterios más o menos objetivos que pueden ser valorados con algo de gracia, pero siempre desde el conocimiento de técnicas y herramientas que pueden funcionar, o no. Así, en narrativa podemos alcanzar un consenso general sobre si determinado desenlace es un deus ex machina o tramposo, sobre si tal personaje es plano o redondo, sobre si cae en clichés o no, al margen de las emociones que me provoque.
Pero en la poesía todo esto se desdibuja. Las normas parecen opcionales, y eso ha provocado que determinados poetas consideren que su obra no puede ser mala, porque han escrito exactamente lo que querían escribir. Así escapan a cualquier crítica externa. Demasiadas conversaciones con gente así de pretenciosa acabó erosionando mis ganas de hablar sobre poesía con ellos y con cualquiera. Acepté el derrotismo y pasé a limitarme a un escueto: si a ti te gusta, yo lo veo bien.
Y sin embargo.
Sin embargo, creo que todo escritor de narrativa, ya sea de microrrelatos o de una ambiciosa saga de diez novelas, debería leer poesía. Mucha poesía. Aunque no la escriba. Debe conocer las figuras retóricas y ver cómo esos autores líricos han creado imágenes poderosas con un solo verso. Crear imágenes es algo que todo autor debe dominar. No es necesario escribir con lirismo, pero vuestras descripciones, la voz de los narradores, las escenas de combate incluso… todo ello se puede beneficiar de estos conocimientos.
El profesor de este curso es Javier Fonseca, que ha escrito, con su nombre y bajo pseudónimo, más de veinticinco libros entre novelas, poemarios, álbumes ilustrados y libros divulgativos. Destacan Pastel de moras (2013), El visitante del otro lado (2016), Zampalabras (2018), 17+85 Españoles geniales que lograron su sueño (2019), Amigos imaginarios (2020) o La familia Muchasleguas (2020). Es profesor de niños, jóvenes y adultos en la Escuela de Escritores y en la Escuela de Escritura de Gracia Iglesias. Tutoriza proyectos poéticos y narrativos, da clases de Literatura Infantil y Juvenil, de escritura creativa y de relato, y también es profesor de un Máster de Poesía y del Diploma de Especialización en la Enseñanza de Escritura Creativa. Colabora con varias publicaciones y programas culturales donde comparte sus historias y comenta libros que le gustan y que no. También coordina varios clubes de lectura juveniles y de adultos y cuenta relatos allí donde haya un par de orejas con ganas de escuchar. Forma a docentes y a otros profesionales de la educación en creatividad aplicada a la escritura y la animación a la lectura y compagina su labor literaria con la dedicación al pensamiento creativo y la sensibilización social. Ha sido profesor universitario (USP-CEU) y ha trabajado durante más de diez años en Cáritas Española como responsable nacional de educación para el desarrollo y de formación y voluntariado.

Lo primero que me llamó la atención de este curso es que está plagado de ejemplos. Javier nos leerá muchísimas poesías para validar y mostrar los puntos sobre los que orbitan sus lecciones. Esto es de agradecer, y además nos permiten enfocar las lecciones desde el puro disfrute de escuchar los versos de algunos de los mejores poetas. Quizá influenciado por su trayectoria, incluso el tono y la forma de explicarse de Javier tienen mucho de lírico. Así nos habla del uso de las palabras, de cómo unas palabras van vestidas de domingo y otras palabras visten de chándal. Nos enseñará a exprimir las palabras, pues cree que esto es lo que hace especial al lenguaje poético. Y estoy de acuerdo, porque al final, la poesía es traviesa. Juguetona. Las palabras en mano del poeta cobran otros significados, se contorsionan. También con cada lector, con cada experiencia lectora, las palabras pasan a ser otras cosas, y eso debemos, si no dominarlo, anticiparlo. Buscarlo. Provocarlo.
Nos enseñará a mirar hacia dentro, hacia nuestros recuerdos, pues toda vida recordada es una vida rescatada, ya que el recuerdo renace de unos hechos. Pero también nos explicará que si miramos demasiado hacia el interior, con las ventanas cerradas para que nada nos distraiga, podemos pecar de egocéntricos, que de alguna forma es de lo que hablaba antes sobre la pretenciosidad del poeta que solo saca de su interior. Un escritor debe ir por la vida con los ojos y los oídos y los poros bien abiertos, como bien nos dice Javier. Se debe producir una mezcla alquímica del recuerdo y de la experiencia para que surja la creación.
Javier tocará todos los palos, desde cómo usar el lenguaje como forma de rebelarse y romper con el mundo hasta cómo gestionar el ritmo, algo vital para todo escritor; desde aspectos más “mecánicos” como la rima y la métrica, a otros como la intimidad y la memoria.
Este es un curso que recomiendo para escritores de narrativa, porque no son pocos los que se centran en qué contar, en los hechos, en ordenar una trama para llegar a un final apoteósico… pero en el proceso se olvidan de cómo lo cuentan. No es necesario ser eficiente. Hay que disfrutar el viaje. Las palabras que elegimos, las imágenes que evocamos, la forma de describir los cadáveres en un campo de batalla o la emoción de un guerrero que regresa para sentir el abrazo de una hija que apenas sabe caminar. La vida está llena de poesía. No necesariamente una poesía amable. La poesía puede ser dura, urbana, sucia, igual que deliciosa, soñadora, nostálgica. Y Javier aquí nos dará muchas herramientas, con muchos ejemplos de grandes poetas y poetisas, para que mejoremos nuestro estilo.
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