Estos días me dediqué a visionar el curso de Jesús Palacios sobre religiones mágicas afroamericanas. No es en sí un curso para enseñarte a escribir o con elementos concretos o técnicas, sino más bien para orientarte si te interesan esas religiones como fuente de inspiración en la ficción fantástica. O más aún si no te interesan. Dejadme que me explique: hay muchísima ficción de zombis, y cada año salen muchísimas más. Es un género que parece no envejecer, como le pasa a sus principales antagonistas, pero que a mí tiende a aburrirme. Pero hay mucho más que zombis en Amanecer Vudú.
En este curso, Jesús Palacios hace un recorrido por las principales religiones afroamericanas y nos explica cómo las religiones africanas originales se mezclaron con otros elementos para dar origen a la santería, el camdomblé, el obeah, el voudoun… Estas religiones se combinan y confunden con la brujería, mitologías, leyendas negras… y han acabado inspirando numerosas obras fantásticas, sobre todo de terror, tanto literarias como cinematográficas, que Palacios repasa en cada clase. Este curso está preñado, hinchado, saturado y abotargado de referencias en las que se apoya para dar fuerza a lo que nos cuenta, y ya solo por eso igual sacáis ideas.
Pero dejadme que presente como se debe a Jesús Palacios (Madrid, 1964). Es un escritor y crítico de cine especializado en lo que gusta llamar el «Lado Oscuro». Ha publicado más de veinte libros, entre ellos Goremanía, Planeta Zombi, Psychokillers, Satán en Hollywood, Kafka, lo kafkiano y el cine fantástico (con Jonathan Allen), Hollywood maldito, Nosferatu, el libro del centenario o ¡A mordiscos! La increíble historia de Germán Robles, un vampiro español en México (Hermenaute), premio de la Asociación de Escritores de Asturias.

También ha coordinado libros colectivos como Folk Horror, Euronoir o Weird Western y colabora en Fotogramas, Dirigido por, La razón, El Cultural, Artículo14…, así como en radio y televisión.
Es asesor de eventos como el Festival Internacional de Cine de Las Palmas, colaborador del Festival Internacional de Cine de Gijón, la Semana de Cine Fantástico de San Sebastián, la Semana Negra de Gijón o Getafe Negro, entre otros. También es asesor de la editorial Valdemar y ha publicado con ella varias antologías de relatos de terror, como TerrorVisión.
Y ahora, tras ese perfil especializado tan impresionante, llego yo con las manos en los bolsillos y digo que no me gustan las historias de zombies, vudú o santería, me da igual el formato. Ni películas ni libros ni nada. Hasta Rob Zombie me acaba aburriendo si escucho tres canciones seguidas. Así que, a priori, no había nada de mi interés aquí. Esto pasa en las mejores familias, y los temas de una obra son elementos subjetivos que escapan a la valoración objetiva porque, si no me gusta un tema, ¿qué se la va a hacer? Puedes tener delante al mayor experto en algo, que si el tema no te interesa, desconectas. Así que me puse a escuchar las lecciones mientras hacía tareas del hogar. Soy de los que creen que hay que salir un poco de la zona de confort porque siempre hay matices, y cuando el que habla realmente sabe transmitir las enormes posibilidades de una materia, acabas escuchando. Eso es lo que pasó. Yo estaba haciendo la comida y cuando me quise dar cuenta, el aceite humeaba porque me había puesto a divagar sobre elementos que podría utilizar en mis novelas a raíz de lo que estaba explicando Jesús. Sí que me gusta la brujería, pero aquella que es fruto de mezclar cultura africana con cultura española en lugares como Cuba o Nueva Orleans era una gran desconocida para mí.
Pero hay algo más que sí me interesó: estos elementos forman parte de religiones vivas, que hoy en día se practican en muchísimos países. El entusiasmo de Palacios me invitó a entender esas religiones, a buscar nuevos puntos de vista, más allá del terror, y a usar sus motivos a la hora de desarrollar nuestras ficciones. No compartimentemos esos elementos en lugares previsibles.
Cuando llevaba seis lecciones ya tenía la cabeza hirviendo de ideas. Aquí hay una palabra que repite mucho y que es clave: sincretismo. El sincretismo es algo que me encanta, pero que siempre me había interesado más en su vertiente europea. No me tengáis en cuenta este eurocentrismo en el que me crie, por favor. Crecemos y aprendemos. Alguna de las ideas que gracias a escucharlo afloraron a mi calva cabeza:
- Una diáspora de humanos esclavizados por alienígenas, que se los llevan a su planeta selvático. Allí, el cristianismo se mezcla con el culto local a un ave gigante devoradora de dragones, y pasan a llevar crucifijos con aspecto de ave del paraíso y los humanos pasan a creer que sus antepasados llegaron a este planeta como si fuera el cielo.
- Un apagón deja sin energía a una macrópolis cyberpunk. Un grupo de santeros y brujos toman el control porque son capaces de reanimar los chips cerebrales de la gente, haciendo que contacten con los muertos.
- En un desierto, un hombre cabra crea amuletos y encantamientos que funcionan como los gris-gris y que otorgan mojo a quien los usa. Así que llevar el vudú y el hoodoo (judú) del Sur a una novela de fantasía épica arábiga le aportaría un aire peculiar que seguramente alguien encontraría ofensivo al mezclarse con cosas que no debería. Pero esa es la clave: sincretismo.
Y no digo más por si alguna la uso. Creo que es importante recordar que somos escritores y escritoras de géneros fantásticos, y eso quiere decir que no le debemos nada a la realidad más allá de usarla como caja de herramientas para crear nuestras propias versiones, y que es interesante conocer cómo funcionan todas estas religiones reales para experimentar. Tenemos derecho a basarnos en la realidad, a equivocarnos y a aprender. Pero también tenemos la obligación de documentarnos con responsabilidad para no caer en la caricatura o en una burla de algo que no entendemos.
Escribimos, aprendemos y jugamos con las fuerzas creadoras del universo. Esa es nuestra magia.
P.D: He de reconocer que hay una lección que no he visto, la que tiene que ver con el realismo mágico. Hasta yo tengo mis límites a salirme del espacio de confort, y por ahí sí que no paso 😉

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