Si quieres que tu texto le importe a alguien, estaría bien que te importara primero a ti.
El nivel de conexión emocional que establecemos con la obra afecta al resultado. Y en esta afirmación, a priori no muy atrevida, subyace una partícula elemental muchas veces invisibilizada: el verdadero valor humano de lo que hacemos. Se le ignora, cuando no se le subestima. Hay innumerables perfiles creativos, tipos de escritor, y no a todos se les puede exigir que les importe lo mismo. Faltaría más. Quien aplica la escritura como un pasatiempo tendrá su visión, de igual forma que la tendrá, de diferente modo, quien invierte su vida y se desangra los dedos en cada frase, siguiendo, por ejemplo, las doctrinas de la escritura peligrosa de Tom Spanbauer.
No se trata de que unos sean mejores que otros, sino de que, a quienes les importa de un modo especial lo que hacen (con énfasis en “especial”, sin menoscabar las formas que adquiere la importancia según a quién le preguntes, incluso en el más frívolo de los escenarios), conectar con la obra en un grado superlativo de intimidad hará que adquiera mayor razón de existencia.
Algunos trabajamos así.
Por clarificar: se puede practicar cualquier deporte, y será igual de respetable con independencia de su propósito o total ausencia del mismo. Dado que el deporte o el arte no son prácticas indispensables para la supervivencia de nuestra especie, por mucho que culturalmente se las sacralice hasta lo indecible (convirtiendo los debates en malabares dogmáticos), lo único que urge depurar es el retorno de la inversión. Es decir, si queremos ser “grandes” escritores, pero nuestro compromiso es bajo, observaremos que las aspiraciones son irreales; pero si aspiramos a algún grado de grandeza con un compromiso total, sin que esto, por otro lado, garantice nada en absoluto (y he aquí la nobleza del sacrificio), al menos habremos equipado las alforjas con lo mínimo indispensable para dar guerra.
Este texto está destinado a los que la escritura les salva la vida y a los que han arqueado la ceja cuando han leído que el arte no es una práctica indispensable para la supervivencia. Sé que molesta.
Conviene abrazar la insignificancia. Porque si trabajamos persiguiendo la relevancia, qué malos augurios truenan en la distancia.
Qué grande será la hostia.
Aquí abajo, en este agujerito de ermitaño, todo empieza con una simple pregunta-encrucijada: ¿Por qué me importa lo que estoy escribiendo? Antes de responder, hay que comprender que no existe una respuesta única o, mejor dicho: todas son tan válidas o inválidas en base a factores emocionales, a veces incuantificables, incluso comerciales. Sin embargo, sí que podemos aferrarnos a una verdad en este naufragio de incertidumbre: las garantías de éxito (y en esto incluyo acabar el texto) son directamente proporcionales al valor asociado a la respuesta. En síntesis: si lo que escribimos nos importa un rábano, es probable que nos perdamos por el camino.
Si estás leyendo esto (que Stephen King llamaría telepatía) sé que alguna vez te perdiste por el camino. No es clarividencia. Basta con llevar años escribiendo, y puede que también baste con un puñado de meses. Hay historias vacías, que parecían “tener”, y resultaron ser yermas. Hay historias llenas de estímulos, que parecían “satisfacer” la esperanza de llegar al final, y hoy en día agonizan incompletas. Nuevamente, no existe una sola causa; en ocasiones, una variación crítica en nuestra rutina —una ruptura, un hijo— es suficiente para hacer desbarrancar una obra a medias.
Ocurre.
Salvo que sea un encargo y se adopte una actitud profesional, hemos de conocer las servidumbres de la libertad; y la falta o, por defecto, laxitud de objetivos es una trampa que pone a prueba la voluntad de cualquiera en el medio y largo trayecto creativo.
Esta es la razón por la que siempre me pregunto: ¿Por qué me importa lo que estoy escribiendo? Necesito casarme con lo que hago, aunque haya firmado un contrato y exista una fecha de entrega. Y quizá por esta razón —aunque parezca que me contradiga—, justamente porque hay escaso margen de maniobra en caso de extravío, antes de escribir diez mil palabras vacías de compromiso, prefiero esperar y conectar los puntos que vertebrarán todo lo demás.
Los puntos son similares a esto:
- ¿Cuánto pesa este concepto en magnitud de idea?
- ¿Qué parte de mí exploraré esta vez? ¿Dolerá?
- Este discurso vestido de ficción, ¿aguantaría el tipo si en lugar de literatura fuera un debate?
- ¿Qué quiero defender, atacar o exponer?
- ¿Me mueve únicamente la estética? ¿O en la semilla hay una fuerza que me ata y me hace querer elevar la voz, embellecer el caos y el orden? ¿Me importa porque me afectó, me afecta o me afectará?
Vuelvo a mí. Cuando hablo de una ciega viuda con tres hijos a su cargo en 1811 en pleno éxodo estoy hablando de la maternidad y el sacrificio, de los más vulnerables haciéndose lentamente con las mejores posiciones en el tablero, de los menospreciados que lideran las revoluciones desde tan abajo que son invisibles al poder. Trazo un mapa mental de conceptos que, a priori, son extraños entre sí, pero coagulan en algo por lo que darías (o partirías) la cara en una discusión, por lo que firmarías un manifiesto.
¿Tiene sentido empezar historias por las que sólo sentimos curiosidad? Muchos escritores encuentran el motor encendido pegando la oreja al asfalto según avanzan por la carretera. Es una jugada arriesgada, valiente y atrevida. A mucha gente le funciona. Por eso no existe una sola llave para esta cerradura. No obstante, puedo decirte algo: si puedes responder por qué lo que estás escribiendo te importa (de verdad), enhorabuena: estás haciendo algo que, como mínimo para ti, ya vale la pena, y eso es un mundo ganado respecto a quienes, al contestar, sólo se encogen de hombros y desvían la mirada alegando generalidades. Porque, como diría Palahniuk citando a su maestro Tom Spanbauer: la vida es demasiado corta para gastarla en escribir historias que no te importan de verdad.

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