Escribir es trabajar con las palabras y, como dice alguien que conozco, a veces pensamos en pintarlas, añadir telas y cristales de colores sin darnos cuenta de que en muchas ocasiones todo eso no es necesario. Hay palabras vestidas de domingo y otras que van de chándal. Y ambas tienen su encanto.
Escribir poesía es jugar con las palabras. Provocar chispas reinventando, trasformando, dando sentidos y significados más allá de los evidentes. Usar, en fin, el lenguaje poético, con sus características concretas, artesano y lúdico, que nos permitirá llegar a la esencia de cada palabra en cada momento.
La escritura, pues, es una operación de selección, destilación y combinación de palabras, algo con lo que, desde muy pequeños, estamos familiarizados. El instrumento “palabra” es algo común y corriente que usamos a todas horas. Y, en el momento de enfrentarnos a la creación poética, esto puede traer consigo algunos malentendidos.
Podemos creer que con manejar los códigos y herramientas que usamos cotidianamente, (todos hablamos, todos nos comunicamos con el lenguaje de las palabras), el que conocemos solo por el hecho de ser hablantes y alfabetos, es suficiente para escribir narrativa o poesía. Sin embargo, a nadie se le ocurre afirmar que, porque tenemos una voz, podemos cantar ópera; o que por el mero hecho de tener manos podemos esculpir o pintar una obra de arte.
Para escribir debemos conocer no solo las palabras y el lenguaje, sino también el oficio de escribir. Y esto nos lleva a conocer para saber usarlo el lenguaje poético.
Se trata de un lenguaje anómalo, desviado del lenguaje normativo y habitual, en el que las palabras y los significados se pactan a partir de la premisa de que la función poética del lenguaje busca producir una experiencia estética, mostrar lo que ya existe, lo que ya está escrito una o mil veces, de una manera diferente a fin de que entre en el lector a través de los sentidos y las emociones. Y para ello, el lenguaje poético rompe el orden lógico del lenguaje cotidiano o habitual en una triple dimensión:
- Causa-efecto: Si la lógica cotidiana nos dice que cuando el niño tira la piedra rompe la ventana, la lógica poética nos permite que la piedra rompa al niño y tire la ventana; atribuir cualidades humanas a los objetos, animales… Romper el camino natural y disfrutar de lo extraño.
- Temporal: El tiempo tiene su lógica: recuerdo que ayer fui al rio. La lógica poética nos permite moldear el tiempo: recuerdo que mañana fui al río.
- Recursiva: En el lenguaje cotidiano, el mensaje cumple su función cuanto más claro y sintético es. El lenguaje poético, en cambio, acude a las repeticiones fonéticas, sonoras, musicales…
Lo poético, entonces, es un exceso. Un exceso de amor por las palabras que va en contra de todas las formas. Es el mezcal, el aguardiente, donde hay ingredientes, sí, pero no fórmula exacta, frente a la coca cola, que no puede salirse de su fórmula. Es el lenguaje con vida, con sentido. Y damos vida al lenguaje, lo recreamos y lo resucitamos a través del juego, del delirio.
El lenguaje poético, por tanto, es opaco, en el sentido de que traspasa la mente racional. En eso se diferencia de un manual de lavadoras o de un periódico. Es opaco, pero no críptico. Siempre tiene una sombra de misterio que lo envuelve. Y esto es lo que hace que cada vez que leemos un poema descubramos algo nuevo.
Es también un lenguaje que se completa con la visión del otro. No busca la comunicación práctica, sino un más allá de la información, una comunicación afectiva, desde el goce y el disfrute.
Es polisémico, admite una pluralidad de significados, tantos como lectores o, mejor dicho, como experiencias lectoras.
Es, además, paradójico porque intenta hablar de lo que no se puede expresar con palabras. Se enfrenta a los misterios de la vida, los más trascendentes y los más cotidianos. No los resuelve -son misterios- pero sí los hace más cercanos.
Y es, por último, connotativo, voluntariamente oblicuo. Un juego sutil entre lo que se dice, lo que no se dice y lo que implica hacerlo.
La poesía nos deja sin palabras porque hay algo muy verdadero, real, frágil en ella, rescatado por el lenguaje. Cualquiera que se haya quedado sin palabras, que haya abrazado el silencio, que se haya recogido en él después de escuchar un poema, un texto conmovedor… lo sabe.

La poesía como herramienta creativa y forma de entender y hablar con el mundo
En este curso, Javier Fonseca García-Donas pretende acercarnos al mundo de la poesía para, por un lado, desmitificarla y convertirla en una herramienta lúdica con la que poder disfrutar y jugar en nuestros escritos, pero también, para incorporarla en nuestra manera de entender la literatura de manera que mejore nuestro estilo literario, nos inspire y nos permita explorar nuevas fronteras.
Fonseca nos enseña a entrenar nuestra mirada poética de una forma eminentemente práctica con multitud de ejemplos, juegos, herramientas, ejercicios… en un recorrido por los temas claves relacionados con el concepto de poesía.