Mi teoría es esta: todos vamos a morir.
No digo que morirse sea una teoría; eso sabemos que ocurrirá y no necesitamos el método científico para probarlo.
Mi teoría se relaciona con nuestra escritura. Como vamos a morir, queremos seguir vivos. Nuestros genes buscan perpetuarse, a la desesperada. La respuesta clásica a este impulso es tener niños, pero resulta que hay otras formas de ser inmortal. Una de las más comunes es seguir vivos en la memoria de quienes nos sobreviven.
Por eso, creo yo, nos obsesiona tanto el arte. Buscamos crear algo eterno, algo de lo que hablarán las generaciones que llegan tras la nuestra.
El estilo es un elemento fundamental en esto de perpetuarse. ¿Cuántos tenemos fantasías sobre críticos que valoran nuestra obra y escarban en ella para escribir artículos académicos muy sesudos y hasta hacer tesis doctorales, mirando con lupa cada una de nuestras palabras?
«Yo no», me dices, porque rara vez admitimos lo vanidosos que podemos llegar a ser los escritores. ¡Yo, desde luego, sí que lo he imaginado!
Cuando soñamos con grandes cantidades de dinero y fama, soñamos con lo de siempre: tener control sobre algo (dinero) y que nos valoren, que nos quieran (fama). Buscamos sentirnos valiosos ahora que podemos (y después también, claro, cuando ya hayamos estirado nuestra patita gloriosa de artista).
Para estos objetivos (que nos quieran y que nos perpetúen), el estilo lo es todo. ¿A quién recordamos, después de todo? ¿A los prosistas mediocres, a los poetas apagados, a los dramaturgos del montón? Recordamos a las personas que revolucionaron un género, a las personas que crearon belleza, a las personas que nos hicieron sentir algo especial solo con el uso de las palabras.
Soñamos con tener un estilo propio, único, que sirva al texto, pero también a quien nos lee. ¡Un estilo que enamore!
Frente a esta idea tan atractiva, nos encontramos con otro concepto de estilo mucho más aburrido. Hablo de ese de los manuales de estilo, pensados para que en una empresa u organización haya una coherencia formal, que nadie destaque ni desvíe la atención de lectores y receptores de los objetivos de esa empresa u organización. Hablo también de estilos que se recomiendan para alcanzar metas que nos pueden parecer menos «nobles»: el estilo persuasivo de lo comercial; el estilo cercano de quien busca crear interacción en redes sociales; el estilo rocambolesco y con frecuencia opaco del sistema legal o del mundo administrativo; el estilo cerrado de lo académico, que a veces busca más señalizar una pertenencia al grupo que comunicar ideas con efectividad…
Ese segundo tipo de estilo tan aburrido es, para bien o para mal, necesario. Si queremos sobrevivir al día a día, necesitamos comunicarnos en toda una suerte de estilos. Y cada vez prima más un estilo rey: el estilo de lo útil, el estilo que te permite alcanzar tus objetivos lo más rápido posible. Este suele ser el estilo del dinero. Money talks, dicen los angloparlantes, y esa frase tiene peso a demasiados niveles.
Puede que por esto último nos atraiga tanto el primer estilo, esa voz personal y única, porque pensamos que lo buscamos por pura entrega al arte y amor a la belleza. Confieso que tengo la sospecha de que también es profundamente egoísta y utilitario: «Quiéreme, manténme con vida después de que me haya ido».
Puede que me equivoque por completo. Hablo desde la experiencia de mis propios impulsos y los que veo, a diario, en las personas que me escriben, que acuden a mis talleres, que me hablan y que me cuentan sus sueños de escritura.
Para toda esa gente (yo incluida), hablo de estilo. Un poco del segundo tipo, pero sobre todo del primero.
Hace poco vi en un subforo de internet sobre autopublicación que alguien preguntaba por qué están las redes llenas de información sobre el contenido de la escritura (estructuras de novelas, creación de personajes, etc.) y por qué hay tan poco sobre el continente, lo formal.
Una de las respuestas más obvias es que es mucho más difícil hablar de lo formal. Se necesita más formación, es un tema denso. Y además, interesa menos.
Si ahora mismo pudieras elegir entre ver un vídeo en YouTube sobre cómo planificar una novela o uno sobre gramática, ¿cuál elegirías? Te ahorro el suspense. Como alguien que tiene un canal de YouTube, te aseguro que funciona mucho mejor el primer tipo.

Pero esto es un poco como cuando escribí un libro sobre trucos básicos de estilo (que incluía alguna información básica de ortografía y gramática). ¡Ese libro me lo agradecen bastante más que mis novelas! Seguramente no soy la más indicada para hablaros de todo esto, ahí fuera hay gente muchísimo mejor formada que yo en estas lides, etc. Pero volvemos a lo de siempre y es que… alguien tiene que hacerlo, ¿no?
Sí, vamos a morir todos. Pero nuestra ortografía va a ser fantástica y nuestras metáforas… uf.
Jamás habrán visto metáforas como las nuestras.

¿Qué es el estilo literario? ¿Y cómo se puede mejorar?
En este curso, Gabriella Campbell nos explica qué es el estilo literario, cuáles son sus funciones, cómo puede variar según el tipo de obra que estés escribiendo y, sobre todo, cómo puede mejorarse.
A lo largo del curso, Campbell desgranará trucos para mejorar el estilo, al mismo tiempo que nos hace reflexionar sobre nuestra propia obra.
La simplificación, el uso de los cinco sentidos, las reiteraciones, observar la realidad, las comparaciones, la sintaxis… o los temas principales de tu obra serán algunos de los aspectos sobre los que a lo largo de 10 clases reflexionarás, para mejorar tus textos y adaptarlos al objetivo que tengas en mente.