En La mano izquierda de la oscuridad, la cuarta novela del Ciclo de Hain (aunque autoconclusiva, como todas las que forman parte de este ciclo) Ursula K. Le Guin nos presenta la sociedad de Gueden, pacífica en un principio, de naturaleza más tribal, y cuya unidad social básica es “el hogar”, no capitalista, no centralizada y sindicalista, precisamente en un proceso de transición, de posible y peligroso cambio hacia un Estado nación “capitalista”; lo que acrecienta el miedo hacia la figura del extranjero, del otro: “no hablo de amor cuando me refiero al patriotismo, hablo del miedo. El miedo del otro y el otro como monstruo. Y las expresiones de ese miedo son políticas, no poéticas: odio, rivalidad, agresión. Crece en nosotros, ese miedo, crece en nosotros cada año”, dice Le Guin en el prólogo.

En esta novela, Le Guin explora los límites del encuentro con la otredad por medio de la relación que construye entre sus personajes, en especial entre el protagonista, Genly Ai, enviado del Ekumen para establecer contacto con los guedenianos y proponerles que se unan a la Liga de Mundos habitados del Ekumen (una especie de aduana de bienes y conocimientos), y Estraven, alto cargo en Gueden, con el que acabará trabando una verdadera amistad, a pesar del evidente choque cultural que se produce entre ambos.
Y es que no solo nos encontramos en una nación que está a punto de cambiar y en la que podría estallar por primera vez una guerra, sino que la autora va más allá y, en un verdadero experimento para explorar las perspectivas de género, Le Guin crea el kemmer ―en el que los guedenianos manifiestan un sexo determinado durante un ciclo específico cada mes―, una suerte de androginia en la que la autora elimina el género para averiguar qué es lo queda; lo que compartimos como seres más allá de todas las categorías que nuestra sociedad suele atribuir a un género u otro.
«Aunque pronto se cumplirán varios años de mi llegada a Invierno [Gueden], yo estaba muy lejos todavía de poder ver a los habitantes del planeta tal como se veían a sí mismos (…) un guedeniano me parecía entonces primero un hombre, y luego una mujer, y les asignaba así categorías del todo irrelevantes para ellos y fundamentales para mí».
El protagonista no sabe cómo relacionarse con los guedenianos al no poder determinar el sexo de cada uno y, por otra parte, para los guedenianos, Genly, que es un hombre en todo momento, representa la anormalidad, lo antinatural, por lo que se construye una barrera que dificulta la comprensión entre ambas razas. El enviado es visto como “una rareza sexual, un monstruo de artificio o un visitante de los dominios del vacío”.
Este miedo a la otredad introduce en la novela la figura del monstruo. La palabra monstruo viene del latín monstrum, utilizado para hablar de una alteración o prodigio de la naturaleza; que, además, deriva del verbo monere, que significa “advertir” o “avisar”. De esta forma, para los antiguos la aparición de un ser distinto, extraordinario, o que parece violar las leyes de la naturaleza, era una advertencia de los dioses de que sucederá algo terrible. El monstruo, el ser desconocido, era entonces una alteración que reflejaba la voluntad de los dioses. A su vez, monere proviene de la raíz moneie, “hacer pensar en”, de esta forma el desconocido nos hace pensar en la “desviación de la norma”, tal como lo describía Aristóteles; nos muestra el monstruo, el objeto del miedo. (Te recomiendo complementar este post con el podcast Otros Mundos dedicado a los monstruos)

El encuentro con el otro se manifiesta de múltiples formas en esta novela, desde las categorías que se construyen en torno a la idea del sexo y que creemos constituyen una identidad ―al menos desde el punto de vista del enviado de otro planeta― hasta las formas de relacionarse en sociedad. En Gueden existe también el shifgredor, un principio de autoridad social basado en el orgullo, que permite resolver los conflictos de forma no violenta canalizando las rivalidades, una especie de forma socialmente aprobada de “agresión” en la que se da una lucha de prestigio. Y es que en karhidi, la lengua de Gueden, no existe una palabra para guerra: “se matan a veces, y rápidamente, de a uno o de a dos; rara vez de a diez o veinte; nunca de a cien o mil”. Una de las teorías que se plantea en la novela es que el clima del planeta es tan gélido, tan hostil,
“tan cerca del límite de lo tolerable aun para ellos que se han adaptado de tantos modos al frío, que quizá el espíritu de lucha se agota en la lucha contra el frío. (…) Aquí el hombre ha tropezado con un enemigo más cruel que él mismo”.
Y es que la ambisexualidad de los guedenianos tiene un valor escaso o nulo como factor de adaptación en este ambiente tan extremo. Hacia el final de la novela, en el capítulo “En el Hielo”, cuando Genly y Estraven deben enfrentarse a un viaje en las condiciones más duras de frío y hambre durante cincuenta días, comprenden que solo abriéndose a la otredad, aceptando al otro, a pesar de las diferencias, y trabajando en equipo, tendrán alguna posibilidad de sobrevivir en una situación tan adversa. A fin de cuentas, en ese experimento en el que eliminamos el género ―y todas las categorías asociadas a uno u otro, masculino o femenino―, lo que queda es lo humano, aquello que compartimos por igual. En Invierno “uno es respetado y juzgado solo por ser humano. La experiencia es asombrosa”.
Al final de La mano izquierda de la oscuridad (1969) solo el sacrificio de Estraven, que muere reducido por los guardias al intentar cruzar la frontera, consigue abrir finalmente la cerrada sociedad de Gueden a la otredad, a la Liga de Mundos del Ekumen, y derribar esos muros que los separaban.

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