Mary Shelley, madre de Frankenstein, se nos aparece transportada por sus sueños entre el tormentoso paisaje de Villa Diodati o carcomida por el dolor de la pérdida, abrazada al corazón (el de verdad) de su difunto marido.
Emily Brontë, autora de Cumbres borrascosas, se nos dibuja deambulando por los páramos de Yorkshire, refugiando su enfermiza timidez de las miradas ajenas y dando rienda suelta a su desbocada imaginación.
A Emily Dickinson la imaginamos ataviada de blanco en su auto-confinamiento, alejada de todo y abandonada a su mundo interior.
Las biografías de estas tres grandes autoras se ven sobrepasadas por el mito creado en torno a ellas; un mito que las convierte en seres etéreos, inalcanzables, recubiertas de una pátina nebulosa que las transforma casi en seres de otro mundo, reducidas a algún tipo de “locura”. Es sospechoso que este espejismo biográfico se produzca con tres mujeres que disentían del rol esperado de una mujer en la época en la que les tocó vivir.
Algo similar sucede con Shirley Jackson. Autora de gran popularidad en la América de la postguerra, Jackson queda relegada en el olvido hasta finales del siglo XX y todavía hoy en día es necesario reivindicarla como una escritora clave de la literatura del siglo pasado. La imagen que nos ha quedado de Jackson es también un espejo de múltiples reflejos donde se mezclan realidad y ficción para encajar la diversidad del individuo dentro de parámetros convencionales.

Así, Jackson se nos asocia a bebida, pastillas, madres monstruo, relaciones sentimentales abusivas y, sobre todo, a ataques de agorafobia que la aferraban a su casa. Aquello que no sigue la norma se relega a algún tipo de “locura”, un cajón de sastre familiar para el disidente. No es de extrañar que a Jackson la acompañara la etiqueta de bruja durante toda su vida, una etiqueta que, por otro lado, ella misma explotó y que acabó por repudiar.
Es cierto que el biopic rodado sobre la escritora con su mismo nombre en 2020 no ayudó a explorar la compleja personalidad de Shirley Jackson, más bien todo lo contrario; aunque se podría argumentar que más que una biografía sobre Jackson, Shirley trata más sobre la obra Hangsaman que sobre su autora.
Sea como fuere, se nos ofrece una visión diluida y editada que simplifica la vida de estas autoras, negándoles, una vez más, la originalidad de su voz y de su experiencia vital.
Es curioso cómo el mito nos transmite la idea de enclaustramiento, de enajenación mental como algo inherente a la creación. Consideramos que cierta alienación social y rareza de carácter se debe celebrar como algo beneficioso y arraigado a la creación. Esta idea, que seguimos arrastrando desde el Romanticismo, percibe la creación como algo bastante cercano a la locura. Y digo curioso, porque son exactamente este enclaustramiento, la enfermedad mental, la alienación y la sensación de ser un paria los temas que Shirley Jackson aborda en su obra, aunque de una manera muy diferente. Su aproximación a “la locura” la percibe como una respuesta a las presiones externas, a las expectativas marcadas por el contexto cultural, histórico, social y de género de cada momento, en lugar de entenderla como algo inherente al individuo.
Shirley Jackson aprendió a leer con los cuentos de los hermanos Grimm, los originales. Su abuela materna le recitaba baladas tradicionales inglesas y creció apasionada por las historias de Oz, las aventuras de Tarzán, las peripecias de Arlequín y la epicidad de las sagas nórdicas. Los que la conocieron cuentan que era una mujer sociable, alegre y muy divertida; la puertas de su casa estaban literalmente abiertas durante el día. Tuvo una relación muy estrecha con sus hijos/as (sobre todo con Sarah, quien parece que heredó su imaginación) y disfrutó viviendo en su mundo infantil donde los electrodomésticos podían tener enemistades y la comida podía ser de cualquier color (con ayuda de colorante, claro está).
También poseía una de las bibliotecas más extensas del país sobre brujería, y fue una de las primeras en señalar un origen sociocultural para la “locura” del caso de las Brujas de Salem en su libro The Witchcraft of Salem Village.
Padeció su primera crisis todavía adolescente y parece que durante toda su vida luchó con la enfermedad mental. Le recetaron todo tipo de pastillas y ella era aficionada a la bebida. Vivió una conexión intelectual con su marido que la mantuvo a su lado a pesar de la toxicidad de la relación. Y sobre todo, dedicó su vida profesional a contar historias insólitas.
Jackson presenta todos los elementos para desecharla como otra “loca” genial. No obstante, esto la reduce a un estereotipo que no nos lleva muy lejos de las imágenes que han sobrevivido en nuestra retina de aquellas escritoras decimonónicas que tan solo deseaban mantener la complejidad de su voz en todos sus registros. La misma Jackson nos advirtió sobre estos procesos de reducción de identidad. Pensemos cómo veríamos a Merricat de Siempre Hemos Vivido en el Castillo, una de sus heroínas más celebradas, si la historia la contaran los habitantes del pueblo, y en cuánta información se nos escaparía entre las letras de la palabra “Bruja”.

Shirley Jackson: El Demonio en la mente de los hombres, por Àstrid Lozano
Shirley Jackson (1916 – 1965) es uno de los grandes nombres de la literatura de género. Durante mucho tiempo ha sido olvidada por la Academia (con mayúsculas). Jackson fue la primera en tratar temas que, después, se han convertido en claves de nuestra época: las pesadillas que se ocultan bajo la aparentemente feliz y tranquila vida familiar en los suburbios, las casas encantadas con personalidad propia, el folk horror… y todo ello con un estilo propio y una ambigüedad muy moderna.
Àstrid Lozano, filóloga inglesa y máster por la Universidad de Illinois, se sumerge en este curso que resume su tesis sobre Shirley Jackson, para explicarnos su obra, desmontar algunos datos sobre su persona y, sobre todo, inspirarnos como escritores y amantes de los géneros fantásticos y no realistas.
Si tienes curiosidad por qué encontrarás en este curso, tienes un breve resumen en nuestro blog.